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El después de las doce

Mientras el caminante escuchaba el cantar del viento y sentía el beso de la brisa marina, observaba de cerca un hada durmiendo sobre una flor, sus labios eran tan delicados y carnosos, sus más finos vestidos eran los que tenía bajo los telares de sus prendas exteriores, sus manitas cubrían sus estrellas cerradas de la sonrisa pícara del galán del universo, sus cabellos acariciaban los pétalos de la flor, la misma que con dicha sentía el calor de su cuerpo, sus alitas descansaban de su largo recorrido y sus piernas dormían para seguir con fuerza su indefinido camino, pasaron horas donde los suspiros entonaron el canto del alma enamorada del caminante, sus ojos brillaban con la simple imágen de la etérea hadita.
El caminante sintió su sangre danzar con dirección a sus mejillas ruborizadas por ver la maravilla del despertar de la hadita, sus ojos marrones brillaban como el amanecer, su sonrisa era la puerta al Olimpo, su acendrada mirada podía ablandar hasta el más gélido corazón, sus movimientos tan pausados y delicados le otorgaron al caminante su epifanía, su definición de amor, la vasta gracia de Poseidón revienta en las peñas, regalando un espectáculo de fuegos artificiales detrás de ti, al levantar tu diminuto ser para emprender el vuelo al horizonte, el camino de mis lágrimas cayendo por tu partida y el desgarro de mi garganta suplicando tu retorno, dónde sea que te lleven tus alitas sonríe pequeña hadita, de corazón espero que el beso de la ironía no te roce, pues luego del quebranto, tu recuerdo vive en mi mente ahogándose lentamente en el vaivén de las aguas de mis memorias y la luna besa mi solitario cuerpo, mi hambre de ilusión, si al abrir mis ojos noto que son las doce y siento el mar muerto en mi corazón.

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